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S o u n d i a t a K e i t a
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Soundiata Keita
o la rebelión Mandingo
Por César Maurera
En los años de la década de 1970, cuando la miniserie Raíces (basada en el best seller homónimo de Alex Haley) salió al aire, la gente observó impresionada la "odisea" de Kunta Kinte, terrible tragedia de la esclavitud en la América.
No obstante, nadie pareció preguntarse cómo fue posible que un negro norteamericano pudiera rastrear sus ancestros de manera tan precisa, en especial si recordamos que son escasos e inexactos los registros europeos sobre la esclavitud, en su mayoría quemados para borrar de la memoria los afrentosos hechos.
Lo interesante es que en las páginas finales del libro, Haley cuenta sobre su llegada a un remoto pueblo de Gambia, en el cual unos aedas africanos conocidos como griots, le recitaron (gracias al poder de la memoria y en forma oral) la historia de los clanes de la región, es decir, la historia de cada uno de los habitantes de esa provincia hasta llegar a Kunta Kinte. "Para la época en que vinieron los soldados del rey (...), el mayor de los hijos Kunta, se alejó de la aldea para cortar madera y nunca volvió a ser visto", dice el autor.
Así se completaba la historia de Haley, pero sobre todo, en mi opinión, se rendía un justo tributo a una institución olvidada por los siglos, que gracias a la memoria de algunos se niega a morir.
La épica de Soundiata Keita es su expresión literaria más valiosa, aunque no la única. No es fácil para una persona con una educación literaria formal, articular o explicar la historia de Soundiata, en especial, porque como todas las narraciones orales, no hay uniformidad.
Cada cantor la recitará de manera diferente, pero de cualquier forma que nos llegue, ésta nos habla de un momento en el tiempo y de un lugar geográfico desconocido para los occidentales.
El África negra del siglo XIII era un lugar donde moría un Imperio (el de Ghana 900 DC -1050 DC) para nacer otro: los mercaderes árabes con sus caravanas atravesaban el desierto para negociar con los prósperos reyes del Sahara y de las costas del Atlántico africano. Intercambiaban bienes elaborados por oro. No es de extrañar aquella famosa imagen medieval del Rey negro coronado, mostrando una "gran" pepita de oro. Esa fue la imagen que después narraron los viajeros árabes como Al-Bakri, Al' Ya' Qubi' y el famoso Ibn Battuta. En ese ambiente se desarrolla la épica Malinké (o mandinga para los americanos)..
Soundiata Keita fue el hijo de una madre muy fea. Su padre desposó a Sogolon (la madre del héroe) por consejo de un vidente, quien vio que del vientre de esa mujer emergería un gran hombre.
Por esa predicción, el padre de Soundiata y líder del clan soportó la burla de todos los pobladores, hasta el momento en que el niño nació débil y lisiado, circunstancia que espantó al papá: lo cual significó que nuestro héroe fue abandonado a su suerte.
Humillado por sus hermanos y perseguido por el resto de la población, el joven, su madre y su griot huyeron al exilio. En una corte rival fueron acogidos como un bien potencialmente útil. Entonces pasaron los años y el niño creció, sus manos se hicieron extraordinariamente fuertes por andar con muletas, hasta que un día la luz lo alcanzó, es decir, el muchacho se decidió a caminar y enfrentar el gran destino que había escogido.
Por supuesto, llegó a convertirse en un gran guerrero . La historia también nos dice que, para ese entonces, un tirano gobernaba la región: me refiero a un mítico personaje llamado Soumaoro Kanté, quien poseía poderes mágicos que impedían que pudiera ser asesinado por un arma común.
Seguían pasando los años y entonces Soundiata empezó a ganar numerosas batallas, recuperando de esta manera antiguos territorios que le habían pertenecido a su padre, no obstante la guerra no finalizaría hasta derrotar al tirano Soumaoro. Tarea difícil si se piensa que al igual que Aquiles y Sigfrido, Soumaoro era inmortal, excepto en su punto débil.
En efecto, no existía arma que pudiera asesinarlo, ni siquiera el temido arco de Soundiata . Sin embargo, una traición develaría el secreto para aniquilar al enemigo. Fue así como en una mañana de 1.235, en el pueblo de Kirina, Soumaoro Kanté y Soundiata Keita se enfrentaron para decidir quién dominaría la región.
Luego de una cruenta batalla ambos se encontraron en el campo, se dio inicio a una justa verbal, después hubo una escaramuza y entonces Soumaoro huyó, tan dignamente como Héctor en La Iliada de Homero. De alguna manera, presentía que había perdido el favor de los dioses para siempre: y así fue. Entonces Soundiata tomó su arco y armó una flecha especial con la espuela de un gallo, fetiche de su enemigo y única forma de terminar con la vida del tirano.
La flecha apenas lo rozó, pero eso fue suficiente. Soumaoro cambiando de forma huyó y se refugió en Sosso, capital de su reino, donde finalmente murió a manos de Sundiata. Así obtuvo la más importante victoria de su vida el hijo de la mujer búfalo, convirtiéndose de esta manera en el primer rey de la dinastía del Imperio de Mali.
Esta historia es la leyenda fundacional de un imperio que dio origen a una experiencia humana muy interesante: la historia de los Malinkés. De allí en adelante sería brillante su asociación con el Islam y representaría, además, una de las cumbres en la historia de esa religión, con la narración de Ibn Khaldun sobre Mansa Munsa. De hecho, la prosperidad mítica de su reino todavía es rememorada como una especie de dorado africano.
Mansa Munsa, quien era sobrino de Soundiata, fue el tercer rey de la dinastía del Imperio de Mali, inmortalizado por su peregrinaje a la Meca en 1.325, y por su estadía en El Cairo, de donde se dice que "gave away so much gold that the market price for the precious metal was depressed for a long time". Mansa Munsa representó el apogeo del imperio de Mali, el cual llegó a su fin hacia el año 1500 de nuestra era.
La nación Mandingo (o Malinkés como la llaman los europeos) que se deriva de allí siguió siendo un bastión de orgullo y rebeldía. Sus descendientes fueron execrados de la esclavitud americana por ser insumisos y batalladores. Esto se evidencia históricamente si se piensa que la última gran rebelión mandingo no tuvo lugar en África, sino en el norte de Brasil. No se trata entonces de una exótica narración africana, sino del origen de un componente básico que integra el gentilicio americano.
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