| |
| |
 |
 |
| El FITA es fiesta y celebración, pero también un espacio para descubrir lo hermoso que llevamos por dentro
|
 |
|
|
"Yo me quedo en Maracay"
Por Pablo Villamizar
Como si se tratara de un milagro, aquel caluroso 24 de junio de 2004, la fiesta de San Juan, en Aragua, tuvo una particular e inesperada gracia. Se celebró, en los espacios del Hotel Maracay, un festival multidisciplinario que convocaba la celebración de una fiesta para el cuerpo, con música, tambores y danza, pero también para el alma, con la muestra –sin complejos– del imaginario que late profundo dentro de las creencias y expresiones espirituales del quehacer mágico religioso del pueblo venezolano.
Asistentes de todos los niveles se acercaron, quizás con miedo, duda y ese sentimiento natural de extrañeza que produce todo primer acercamiento con el mundo espiritual. Sin embargo, luego de escuchados los inaugurales toques de tambor, los cantos, las conferencias –y de realizadas las clínicas de percusión y de bailados los talleres de danza–, la gente se quedó. Y ocurrió un hermoso fenómeno dentro del común círculo de espectáculos culturales del país: nació un festival inédito, con bandera de tela blanca, distinto y atractivo por lo diferente de una programación que, en cuatro años, ha celebrado la herencia cultural africana en América, bajo una perspectiva humanística, intelectual y artística de alto nivel.
Entonces el taxista, el estudiante, el policía, el trompetista, la secretaria, el periodista, el santero, el ateo, el que disfruta escuchar o bailar salsa, todos –por cuestión de novedad, rareza y, además, por lo excelente de la oferta musical– comenzaron a hablar del FITA. A partir de ese momento, la esencia del festival pasó de oído en oído, de baile en baile y de tambor en tambor. Hoy, en el marco de la celebración de la quinta edición, en homenaje a Oscar D'León, el Festival Internacional de Tradiciones Afroamericanas puede afirmar que su ritmo (musical adentro y afuera) logró acoplarse con el del latido natural del corazón de los aragueños.
Si bien grandes exponentes de la música caribeña han conseguido aplausos y ovaciones en la tarima del ahora remozado Hotel Maracay (Manny Oquendo, Andy González y Conjunto Libre de Nueva York; Ralph Irizarry; Jimmy Sabater; José Mangual Junior, Papo Pepín y la Orquesta Son Boricua de Estados Unidos; Jimmy Bosch y su banda con Hermán Olivera; Paoli Mejías de Puerto Rico; Juan Formell y la orquesta Los Van Van; Lázaro Ros, Tata Güines, Horacio "El Negro" Hernández y Changuito de Cuba; Ella Andall y su banda, y el grupo Hands of Rhythm de Trinidad y Tobago; y los talentos venezolanos Orlando Poleo, Alfredo Naranjo, Francisco Pacheco, Gerardo Rosales y Pibo Márquéz, por sólo mencionar a algunos), en el FITA también se ha abierto un telón mágico para ver hermosas imágenes de una naturaleza que sólo es posible apreciar desde la mirada del espíritu.
Me refiero al día soleado, sin nubes, en el cual la sacerdotisa trinitaria, Shangowunmi, parada sobre la tarima del hotel Maracay, invocó al Espíritu de la Lluvia, y provocó –para asombro de todos y sin paraguas en las manos– la lluvia. Hablo también de la cara de placidez del cantante cubano Lázaro Ros, cuando recibió un reconocimiento en el Hotel Maracay, en la que fue su última aparición en un escenario antes de fallecer en febrero de 2005; de la estrella fugaz que atravesó la noche de conciertos durante la presentación del Grupo Libre de Manny Oquendo; del arcoris que se pudo apreciar antes de iniciarse el concierto de José Mangual Junior en el Teatro Teresa Carreño, en Caracas; y, entre otros, del gozo que provocó el año pasado la improvisación de Hermán Olivera, durante el tema "El avión de la salsa" de Jimmy Bosch, en la que decía, clarito, en perfecto español del Caribe, "yo me quedo en Maracay".
Sin embargo, lo más auténtico y valioso que ha dejado la Asociación Civil FITA, a través del festival, año tras año, ha sido establecer en el corazón de Aragua un bosque sagrado, para compartir lo que fuimos, somos y seremos. Y en la espesura del bosque cualquier hombre o mujer puede ser libre. Ahora, una vez más, en el Hotel Maracay y en Choroní, la fiesta del bosque sagrado empezará de nuevo, para crear emociones y conciencia acerca de lo hermoso que llevamos adentro, para limpiar lo que no nos sirva, para mover las caderas hasta que el cuerpo aguante y, por supuesto, para caminar a ritmo sabroso, Caribe, ritmo afroamericano.
|